VALENTINA RODRÍGUEZ. Periodista ecuatoriana amante de la essritura creativa y crónica con enfoque en ciencia, tecnología, viajes y gastronomía. He trabajado por ocho años en diferentes medios en Ecuador y tengo una especialización en edición y publicaciones de la Católica de Chile, donde colaboré con una editorial en el proceso de edición de libros. Recientemente me mudé a Estocolmo, Suecia y trabajo cómo independiente. Sigo una serie  de cursos y talleres sobre mis intereses que me ayuden a mantenerme actualizada.
CHILDREE EN QUITO fue escrita durante nuestro taller de “Escritura creativa”.

 

CHILDFREE EN QUITO

Una mujer ecuatoriana, menor de 30 años, no quiere tener hijos y decide esterilizarse. Este texto es el testimonio de lo que le ocurre.

Por Valentina Rodriguez

 

Tengo 28 años y hace más de 13 sé que no quiero ser madre. Me acerco al cartel “Las ligaduras y vasectomías son una opción” colgado en una carpa blanca con mesas y sillas de plástico -improvisadas como un consultorio-. Le explico al ginecólogo, quien no despega la vista del computador, que quiero averiguar sobre opciones de esterilización definitiva.

—¿Cuántos hijos tienes?

—Ninguno

Por primera vez su vista deja la pantalla y me mira con desconcierto, en seguida cuestiona por qué busco una ligadura si aún no he sido madre y luzco menor de 25 años. Le explico que no deseo ser mamá nunca y que quiero dejar los anticonceptivos por sus efectos secundarios.

Su vista regresa al teclado.

—No, esa no es una opción para ti. Te vas a arrepentir cuando tengas marido y el proceso de reversa es complicado y costoso.

Le explico que ya estoy casada hace dos años y que mi pareja y yo estamos de acuerdo, aunque recalco que ésta es una decisión personal. Pero el doctor insiste y  pide que vaya con “mi esposo” para que él firme una carta autorizando mi ligadura -cosa que ya no es necesaria hace alrededor de siete años según las leyes ecuatorianas-. Presiona más al notar que estoy informada, me deriva a psiquiatría para que hagan una evaluación de mi estado mental y -si me dan el certificado- podría volver para conversar. Esa fue la respuesta del ginecólogo a cargo de un centro de salud público donde ofrecían ligaduras gratuitas.

Así comprobé las historias que muchas mujeres publicaban en un grupo feminista en Facebook. Los ginecólogos exigen -aunque esto no sea legal- autorización de esposos y hasta padres para realizar ligaduras en mujeres menores de 30 años, incluso en aquellas que ya tienen hijos, pues también “pueden arrepentirse”. Aunque acudí allí solo por curiosidad, mi camino buscando una ligadura antes de los 30 y sin hijos no sería muy diferente en la salud privada.

Cuando naces con útero creces con la certeza de la maternidad, desde el primer muñeco con tetero y pañalera que te compra la abuelita, hasta los escarpines que tejes para la clase de costura de cuarto grado. Las niñas -al menos las de unas generaciones atrás- crecimos entre frases y experiencias que te aseguran que “algún día serás madre y entenderás”. Desde los 15 años sé que no quiero ser una de las 4 millones de madres registradas en Ecuador, tras trece años de introspección y planificación ha llegado el “gran día” en el que elegiré definitivamente no dar a luz.

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Me recibe con una sonrisa un ginecólogo de unos 40 años, en su oficina con muebles de cuero sobresale una sofisticada cafetera roja -me ofrece una taza- y -para romper el hielo- me habla de lo avanzado que es este centro de salud y la suerte que tengo de poder costearlo. La cita iba de maravilla mientras llenaba mi historial y me contaba su amplia experiencia y fama como doctor, hasta que llega la pregunta.

—¿Qué te trae por acá?

—Busco métodos de esterilización definitiva, una ligadura para ser precisos, ya que no quiero tener hijos y quiero dejar los anticonceptivos por sus efectos secundarios, siempre surge el reflejo de justificar mi decisión.

—¿Cuántos hijos tienes?

—Ninguno

—¡Eres muy joven! ¿y si cuando te cases tu esposo quiere hijos?

Me vence la frustración y suelto la opinión que no me ha pedido

—No creo que sea correcto cambiar de opinión en algo tan personal por cumplir el deseo del esposo doctor. Pero, ya estoy casada y mi pareja y yo estamos de acuerdo en esto, me corrijo enseguida.

No sin antes calificarnos de “jóvenes inmaduros”, y con su sonrisa inicial reemplazada por un ceño fruncido, me dijo que podía hacerme la ligadura siempre que mi esposo firme una carta de autorización y tengamos una cita previa en psicología, por supuesto, advirtiéndome que se trata de un procedimiento muy doloroso y con una larga recuperación.

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En mi segunda cita en un centro de salud privado me atiende una doctora de unos 35 años, así que me siento más confiada de su reacción, pero me equivoco. Ella me muestra un video de YouTube de una ligadura -como si fuera una película gore- y cuando cortan la trompa me dice  con la voz llena de desilusión “ahí se acaban tus posibilidades de ser madre para siempre”. Recalca que soy muy joven e inmadura para saberlo pero que las mujeres que no son madres se quedan amargadas e infelices, además, insiste, “¿Quién te va a cuidar en la vejez?”

Que soy “joven e inmadura” es el calificativo favorito cuando revelo que la maternidad no está entre mis planes, seguido del infaltable ¿qué opina tu esposo? y cerrando con broche de oro “ya crecerás y cambiarás de opinión”.

Tengo casi 30 años y llevo quince informándome y meditando sobre la maternidad, pero para la sociedad aún no soy capaz de tomar esta decisión personal. Sin embargo, “la madurez” no es un tema si la elección es maternar, incluso, el 50% de las madres en el país son menores de 20 años que deben ejercer este papel de por vida  y “asumir las consecuencias de sus actos”, como una especie de castigo social, cuando sus maternidades no han sido planeadas o deseadas, pues en Ecuador el aborto es un rotundo NO.

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Como la tercera es la vencida, fui a una consulta con otra ginecóloga privada que busqué al azar entre recomendaciones de un grupo en Facebook. Las respuestas fueron parecidas, aunque menos impositivas y suavizadas; ella prefería que me siga cuidando con un método hormonal y, al contarle que estos ya habían causado estragos en mi salud, insistió con mucha paciencia y detalle sobre más opciones de anticoncepción temporal. La respuesta seguía siendo NO a la esterilización o en sus propias palabras “mejor aguanta unos añitos más, no vayas a arrepentirte”.

Dejé para el final a mi ginecólogo de cabecera, el que me escogieron mis padres años atrás cuando ellos pagaban mi salud. Esta vez llegué a la consulta con mi pareja y la primera pregunta fue “¿cuándo quieren embarazarse?” Le respondí que no quería ser madre y que estaba buscando una ligadura. “No eres la primera persona que viene y me dice eso, ahora hay muchas que piensan como tú y es muy respetable. Si hasta los 35 sigues pensando lo mismo vienes y te hago la ligadura sin problema”.

Aunque esta decisión empezó muchos años antes de siquiera tener mi primer novio, mi primera experiencia sexual y de conocer a mi actual pareja, cuando esto es parte de ti, esto va a ser una de las primeras cosas que cuentes. Yo lo hice en nuestra primera cita, y desde entonces hemos tenido varios niveles de conversación, desde el más casual hasta el entender que el hecho de que yo no quiera hijos es una decisión personal que también afectará su vida, pues esto anula también en el matrimonio

Hoy estoy a punto de mudarme al paraíso de la maternidad, como es conocido Suecia por sus políticas que benefician a quienes deciden ser madres y padres: educación gratuita, apoyos económicos, días libres y más. Para mí, es el paraíso de la maternidad porque las mujeres pueden elegir libremente serlo. No solo la ley actual del aborto está vigente desde 1975 y es un servicio que da la seguridad social, sino que pedir una ligadura sin tener hijos es un procedimiento fácil y común. Mientras, en Ecuador el aborto parece un debate imposible, incluso en septiembre de 2019 la Asamblea Nacional negó su despenalización para víctimas de violación, aunque entre 2013 y 2016 más de ocho mil niñas parieron de su violador sin derecho a refutar o decidir.

En mis primeros días en Suecia vi en el supermercado a un hombre que bordeaba los 35 años haciendo malabares para escoger sus compras, contestar el celular y atender a sus dos hijos menores de 5 años, se trataba de uno de los tan famosos y comunes “Latte Papas”, como llaman los suecos a los padres que deciden llevar un rol activo en la crianza de sus hijos, encargándose de actividades cotidianas que en Ecuador ejercen en gran mayoría las madres. Aquí, los padres tienen 16 meses de permiso de paternidad y pueden ser tomados por el padre o la madre, como prefieran, incluso existe una compensación económica del Estado si los progenitores reparten el tiempo igualitariamente entre ellos.

Una de mis grandes razones para no maternar es que siempre me costó imaginarme plena y feliz haciendo lo que ese hombre del supermercado realizaba con destreza y amor. Esta escena que hoy es tan común en mi día a día, reafirma mi idea de que ser padres no es asunto o instinto de hombres o mujeres, es una decisión y deseo personal. Las mujeres tenemos muchas formas de ser parte del mundo y, aunque ser madre es una de ellas, yo elijo una distinta, por eso, en pleno paraíso de la maternidad y con todos sus beneficios, espero el turno para mi ligadura.