FORLANDIA
(O la parábola de los trópicos)
Por Nicolás Cabrera desde Brasil

 

 

NICOLÁS CABRERA. Primero lo urgente: hincha de Belgrano de Córdoba y fundamentalista del maní. Después lo importante: antropólogo y sociólogo; cronista y fotógrafo. Actualmente es investigador del Instituto de Antropología de Córdoba (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas – Universidad Nacional de Córdoba). Se dedica a estudiar temáticas vinculados a las violencias, seguridad y deportes como así también a los estudios comparados entre Argentina y Brasil, países donde se bifurca su residencia.
FORLANDIA fue escrita durante nuestro taller de “Crónicas de viajes” y la publicó AltaïrMagazine de Barcelona.

 

FORLANDIA

“Deus é grande, mas o mato é maior”
Provérbio brasileiro

 

“Fordlandia no es una ciudad fantasma”.
El locutor inhala brisa amazónica. Invoca al silencio, dramatiza.

“Estamos acá porque hay vida, esperanza, alegría”.
Su cara parda de río turbio se inflama como sol naciente.

“Ciudad fantasma nada…estamos bien vivos”.
Uno de los puños, cerrado, apunta a un cielo húmedo que amenaza con desplomarse en gotas.

“Feliz cumpleaños Fordlandia. Que dios te bendiga”
Sesenta y dos personas aplauden de pie y cantan para conjurar el peor de los estigmas: el que da por muerto a lo que todavía respira.

Fordlandia podría ser un pueblo más de los tantos que visité en los confines amazónicos de Brasil. Pero su nombre, y por ende su historia, lo condenan a la excentricidad. Muy poca gente sabe que, a orillas del caudaloso río Tapajós, en la selva del estado de Pará, hubo un experimento del propio Henry Ford con el negoció del caucho que termino en ruinas.

Para entender Fordlandia hay que rearmar la historia del “oro blanco” tropical que dominó el mercado mundial entre 1850 y 1912. Porque comprender la fábula del caucho es aprender la parábola de las amazonias: una tierra donde la insaciable ambición humana se paga con una fatídica maldición; y donde la más agresiva pulsión de destrucción siempre convive con el más noble deseo de supervivencia.

En los albores del siglo XX la región amazónica de Brasil se regocijaba en su “belle epoque”. Manaus, epicentro de la ostentación, con 100 mil habitantes, tenía el mayor consumo de diamantes per cápita del mundo. El costo de vida era cuatro veces mayor que Londres o Paris. Mientras en Boston los vagones iban a fuerza de caballo, en la “metrópoli de la jungla” se construía el primer sistema de tranvías eléctrico. Adoquines portugueses, vinos franceses, mantequilla belga y salchichas inglesas; la elite de Manaus –como dijo el escritor José Alcimar da Oliveira– se reconocía por tres vicios: “gastaba más de lo que consumía; consumía más de lo que asimilaba; y asimilaba menos de lo que necesitaba”.

La fuente de toda esa opulencia era un árbol amazónico que los indios omaguas bautizaron como “cauchu”, que significa “árbol que llora”. Su nombre no es metáfora es, por un lado, descripción; pues, al herirse, el tronco lagrimea un fluido blanco y lechoso que será, entre 1850 y 1913, el producto más cotizado del mercado mundial. Y por el otro lado, su nombre también es predicción: la explotación del caucho trajo el exterminio de los propios omaguas como así también de las comunidades huitotos, adokes, ocainas y boras.

Desde comienzos del siglo XIX la región amazónica es vista como la única fuente de un “oro blanco” que se cotiza en alza a medida que se le encuentran nuevos usos. Gran Bretaña fue el imperio que mejor lo entendió. Lo uso para fábricas, ferrovías, cables, bombas mineras, zapatos y colchones. Si la modernidad es comercio, comunicación, riqueza, movilidad y distinción, los llantos del caucho –y de sus nativos guardianes– eran parte del “inexorable progreso”. Pero la verdadera revolución sobrevino en 1839 cuando un norteamericano llamado Charles Goodyear inventó la vulcanización. La goma ganó elasticidad y perdió desgaste. Con aquel antecedente, en 1988, el francés Edouard Michelin ideó el primer neumático desechable.

Se vivía en una moral tan flexible como el propio caucho: cada bicicleta, velomotor y automóvil del primer mundo rodaba sobre la destrucción de la selva y la explotación india y mestiza.

Miércoles. Llegar a Fordlandia es adiestrarse en viajes de barco. Tres días de Belem a Santarem; siete horas de Santarem a Fordlandia. Es navegar el bravo Amazonas y el solemne Tapajós. Es, además, intercalar orillas desforestadas con enormidades verdes que se pierden en el poniente. Y es, también, hablar con cuanto curioso quiera ayudarme a matar las largas horas de balanceo entre hamacas y tortuosos zumbidos de mosquitos que me asustan con la malaria:

¿Qué vas hacer en Fordlandia? No hay nada allá. Nunca fui pero escuché historias. Tengo un primo que vive cerca. Sé que los americanos fueron, intentaron sacar caucho pero no pudieron o no quisieron, no sé bien. Lo poco que quedó de la compañía se lo robaron ¿porque no vas a un lugar más bonito?

Felipe, un comerciante de Manaus que viaja con su esposa, redunda en algo que vengo leyendo y escuchando hasta el hartazgo: a pesar de que en Fordlandia viven entre 2000 y 3000 personas, cuando se la menciona parece evocarse un desierto.

Por 63 años, la región amazónica detentó el monopolio global del Hevea brasiliensis, el árbol del caucho que en Brasil se conoce como seringueira. Sin embargo, en 1913 una piratería derrocó el imperio. El inglés Henry Alexander Wichman consiguió contrabandear 70 mil semillas de Hevea brasiliensis con destino a Londres. Los primeros brotes aparecieron en Kew Garden, jardín botánico de Londres, para luego ser trasplantados a las colonias inglesas del sudeste asiático, en la franja ecuatorial de clima similar al amazónico. La nueva producción ahorró costos y multiplicó lucros para Gran Bretaña. Trajo miseria y olvido a los trópicos brasileros. Si en 1900 la región amazónica producía el 95% de caucho mundial, en 1928 arañaba el 2,3%.

Luego de la primera guerra, EEUU consumía el 70% del caucho mundial. La principal demanda provenía de la industria automovilística. Comprar –caro–  a los ingleses se tornó ofensivo para una potencia en ascenso. El nuevo imperio del norte quería competir y ganar. Para ello apeló a un apóstol del plusvalor, un cultor del american way, un entusiasta del emprendimiento. Henry Ford no sólo era un interesado en el negocio del caucho –entre 1908 y 1927 vendió 15 millones de automóviles modelo T–, era un necesitado –poseía todos los recursos naturales del proceso productivo, todos menos uno–.

El 3 de octubre de 1927, Dionísio Bentes, gobernador de Pará, ávido de recursos para una región amazónica deprimida y nostálgica, concede un millón de hectáreas a la compañía Ford en el municipio de Aveiros, a orillas del río Tapajós. El estado eximió de impuestos al magnate por 50 años a cambio de un retorno en lucros del 7%. Un año después nacía Fordlandia, un proyecto de ciudad no sólo destinado a ser la fuente inagotable del “oro blanco” que la economía “fordista” demandaba; además era un anhelo por exportar los valores de un imperio que se presentaba como el garante moral de un nuevo orden; y, como si fuera poca la codicia, también fue un intento por domesticar una naturaleza reticente a lo extraño.

No hay como meter un cuadrado dentro de un circulo

Jueves. Desde el barco las casas se ven como un salpicado gris entre la inmensidad verde. La pared de un gran galpón da la bienvenida a Fordlandia. Tres mototaxis esperan por pasajeros. Lo de siempre no falta: iglesia, bar y cancha de fútbol. Sólo al pisar el puerto –que coincide con el centro del pueblo– es cuando la historia se actualiza. Veo una vieja bomba oxidada que todavía flota torcida sobre la orilla del rio. En la plaza principal se erige la estatua de un cauchero que derrama latex. Detrás, sobre una calle de tierra, sobresale lo que es el emblema de la ciudad: una vieja torre de cincuenta metros que sostiene un tanque de 570 mil litros. Allí, en los tiempos norteamericanos, relucía un logo ovalado, azul, con cuatro letras cursivas y blancas. Era la bandera de la conquista.

Al lado del tanque están los galpones de “La Compañía”: unos olvidados tinglados que bien podrían considerarse museos, o cementerios industriales. Cualquiera puede entrar para conocer una fábrica fordista carcomida por la selva. Hay cierta sensación de incredulidad al recorrer este lugar. Hay medidores traídos de New Jersey; tornos fabricados en Wiscononsin, hornos de Pittsburgh y autos Ford nacidos en Detroit. Entre esas reliquias hay empleados públicos que parecen deambular sin apremios ni contratiempos. Estos herrumbrosos tinglados fueron y son la principal fuente de trabajo del pueblo: ayer fábrica de caucheros; hoy dependencia de empleados públicos.

 

Fordlandia nació malparida. La primera y más evidente razón fue “técnica”. Ford, lejos de apoyarse en especialistas del área, dejó las decisiones en manos de ingenieros entendidos en líneas de montaje y topografía industrial que ignoraban, por ejemplo, que la tierra ribereña al Tapajós es arenosa y sinuosa, una geografía hostil al cultivo extenso y cuadriculado de caucho que los norteamericanos planificaron. La “solución” de los llegados sólo empeoró la situación: desforestaron, quemaron y aplanaron. Transformaron en desierto al suelo más rico en nutrientes. Los caboclos –termino que identifica a los pobladores amazónicos mestizos– opinaban ante oídos tan sordos como soberbios.

En su intención por crear una producción previsible y mecanizada, los norteamericanos plantaron grandes extensiones de caucho organizadas en hileras perfectamente medidas. Había escasos metros entre un árbol y otro. Cualquier nativo sabía que la seringueira crece entre 18 y 30 metros de altura y necesita de un gran perímetro libre para su desarrollo. Además, el contacto entre diferentes ramas potenciaba el riesgo de hongos y plagas que aniquilaban al árbol antes de lagrimear al menos una gota. Los mismos hongos que se alimentaban de la neblina matinal del río Tapajós.

Nuevamente, los caboclos, sabiendo que los arboles no son autos, se encogían de hombros. Y los norteamericanos maldecían la naturaleza.

 

Viernes. Se escuchan tambores y fuegos artificiales. Pienso en la victoria del Flamengo por la semifinal de la Copa Libertadores, fue hace dos días, sé que los brasileros son afines de exagerar festejos, pero ¿tanto? En la calle me encuentro con decenas de niños y jóvenes con banderas y uniformes de estudiantes. Preparan un desfile que, como todo acto escolar, tiene mucho de marcial y poco de pedagógico. Alrededor hay adultos que apuntan celulares. Casi todas las banderas saludan a Fordlandia. Sin saberlo ni planificarlo reparo en que estoy presenciando el inicio de los festejos por el aniversario número 91 del pueblo.

La vida no es fácil pero acá estamos, festejando nuestra ciudad. Un pueblo olvidado pero que trabaja pescando, como empleados públicos, con la tierra, dando clases como yo. Con los chicos en la escuela trabajamos nuestra historia, lo que fuimos y lo que somos. Hay mucha gente que se va pero también hay gente que viene. Lo lindo de esta fecha es que nos reencontramos.

El profesor me habla sin toda su atención. Con un ojo me muestra cortesía, con el otro vigila al revoltado estudiantado. Gritando organiza el desfile y se despide sin decirme su nombre. Los festejos se extenderán hasta el lunes y están organizados por AMMAFORD – Asociação de Moradores, Amigos e Filhos de Fordlandia–. El cronograma incluye: acto en la escuela, baile del reencuentro viernes, clásico pueblerino de fútbol sábado a la tarde, megafiesta a la noche y misa con banquete el domingo. Sí, en Fordlandia, como en cualquier rincón brasilero, se sabe festejar.

 

Fordlandia fue un ensayo de Henry Ford para fundar una nueva sociedad basada en los “valores norteamericanos”. Invertir era educar. No era apenas llevar “progreso económico”; era, sobre todo, imponer una “civilización cultural”. En los flamantes “salones de baile” sólo se escuchaba folk y vals. A las casas se les exigía paredes de madera, galerías frontales y techos a dos aguas, como las de cualquier granja de Michigan.  Los “escuadrones sanitarios” mataban perros callejeros y repartían vacunas como ostias. Se construyeron campos de golf, canchas de tenis, cines y piscinas. Se separaron a los empleados con familia de los solteros. El alcohol y la prostitución quedaron prohibidas. No obstante, siempre están los escamoteos del necesitado: para la sed y el deseo había que remar hasta la “isla de la inocencia”.

Se profesaba una ética puritana al servicio del capital. Una avanzada que, lógicamente, iba encontrar su revés. La primera rispidez vino con los relojes. Sabiendo que el tiempo es dinero, Ford los colocó por cuanto canto pudiese. El objetivo era delimitar con agujas la jornada laboral. Los caboclos, acostumbrados a los tiempos del sol y la lluvia, no siempre se amoldaban a los parámetros fordistas. Los supervisores denunciaban “vagancia”, los trabajadores “explotación”.

 

Pero la insurrección más importante de los laburantes nació de sus estómagos. En el pueblo la recuerdan como la “revuelta de las ollas rotas”. Todo comenzó en el comedor de la “compañía” donde empleados y supervisores, segregados pero reunidos, compartían almuerzo. Ford había decidido descontar cada plato del salario. Un plato sobre el que los trabajadores ya venían masticando bronca por sus sabores: harina de avena, pan de trigo, duraznos enlatados y arroz integral. Una dieta más que extraña para paladares amazónicos acostumbrados al pescado, arroz, frijoles, mandioca y cuanta fruta tropical pudiesen descolgar o recoger.

Un 22 de diciembre, entraba en vigencia una última mudanza: se eliminaba el sistema de mozos en el comedor. Los trabajadores debían hacer largas filas para esperar una desabrida dieta que descontaban de su salario. Según cuenta el historiador norteamericano Greg Grandin en su libro “Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City, la discusión empezó entre el albañil Manuel Caetano de Jesus y el supervisor Ostenfeld. Las ofensas del segundo al primero fueron tan graves que los trabajadores intentaron cazar al superior que, corriendo con custodia, se fugó de Fordlandia. La ira de los empleados apuntó a los causantes de sus disciplinamientos. En pocas horas rompieron platos, mesas, sillas, galpones, autos y maquinas. Cortaron la luz de la ciudad, quemaron tanques de gasolinas y arrojaron camiones al río. No quedo un reloj funcionando.

 

Sábado. Todas y cada una de las personas que conocí en estos días están alrededor de la cancha donde en minutos se jugará el clásico fordlandes entre Tapajós y Nacional. Veo al panadero, a la de la farmacia, a la dueña de la posada, al peluquero; como en todo pueblo, las referencias son en singular. El clima es de fiesta. Lo que más se escucha son puteadas a los rivales, chirridos de latas destapadas y música brega y sertanejo, dos géneros típicos de Pará bailables y melosos.

Entre el público sonríen dos jovencitas con cara de pubertad. Son Miss Tapajós y Miss Nacional, las representantes de cada equipo que disputan el trono Miss Fordlandia 2019. Las reglas son simples: la que recauda más plata durante los festejos se corona. De ahí que, durante tres días se las vea, con estoica perseverancia, pidiendo “colaboraciones” apelando a la pasión y algún que otro beboteo.

El partido entretiene. Como siempre, más por lo que pasa afuera que adentro. Sobre el rectángulo de cal hay pocos goles, algunas pinceladas y muchas patadas. Afuera prima un dramatismo demencial. La madre del árbitro es la gran homenajeada. Descubro que el partido, de intensidad creciente, también es por plata. La tensión se extrema cuando, tras el empate, llegan los penales. Todo el público –que es, todo el pueblo– forman un circulo alrededor del pateador y el arquero. Entre cada gol o atajada pasan quince minutos por la escandalosa invasión de los hinchas. Inevitablemente, cae la noche y los últimos penales son más azar que puntería. Gana Tapajós.

La historia oficial dice que la aventura de Fordlandia termino en fracaso. La sequedad de los árboles, la dignidad de los caboclos y la devaluación del caucho la tornaron inviable. Lo cierto es que, en 1941, Edsel Bryant Ford, hijo de Henry, vino personalmente a Brasil para apagar la luz. En 1945, con el fin de la guerra, “la compañía” cerraba oficialmente.

Más de un Fordlandes descree del “fracaso”. Pescadores, ancianos, campesinos, madres e ingenieros repiten otra versión: a los norteamericanos nunca les importo el caucho, lo codiciado –y llevado– era el oro que siempre pobló las tierras de Pará. Hablan de minas, túneles y arboles ahuecados. También mencionan la segunda guerra mundial y las necesidades de financiarla. Llegue a escuchar que aquí, en Fordlandia, se ingenió la bomba atómica de Hiroshima.

Hay algo curioso en los lugares donde la historia no es, todavía, un museo. Importa menos lo verdadero y más lo posible. Cada uno tuerce y crea lo vivido según sus necesidades. Así como los cronistas redundan en la –falsa pero probable– idea de un proyecto de ciudad devenido en ruinas; varios pobladores insisten en la versión –falsa pero probable– que niega un pasado de fracaso y un presente fantasmagórico. Acá, dicen ellos, hubo éxito y estamos vivos. Los Forlandeses, incomodos con la narrativa oficial, ejercen el derecho al cuento propio.

Por mi parte, elijo equilibrar en otra tensión. La que encuentra en Fordlandia al corazón de la historia amazónica: una tierra que siempre fue de conquista truncada. Porque, aunque nunca faltó ni faltará la explotación y la destrucción, la selva termina frustrando las ambiciones más osadas. Inclusive la de los hombres que se creen dios. A ellos, sobre todo a ellos, es bueno recordarles una verdad dicha por Levi- Strauss: “El mundo comenzó sin el hombre y acabará sin él”