¡Que regrese la serendipia, por favor!

Por Carolina Robino, desde Londres

 

En estos días ha circulado un chiste en el que se ve al número 2021 sentado en la consulta de un psicoanalista diciendo asustado: “No sé, últimamente siento que la gente espera mucho de mí”.

Tranquilo, me dan ganas de decirle. No todos. 

Aunque reconozco que –como a muchos, supongo– me alegró que 2020 llegara a su fin, no quise darle rienda suelta a la esperanza y mis deseos del 31 de diciembre fueron mucho menos ambiciosos y rimbombantes que los de otros años.  

A nivel personal, me basta con que vuelvan los abrazos y reencuentros. Son una de las delicias de la vida que más extraño. 

En lo profesional quizás lo que más anhelo es tener nuevamente un newsroom, una redacción presencial.

Desde marzo manejo un equipo de 50 personas de forma remota. 

Y sí, es verdad que nos adaptamos más fácilmente de lo que pudiésemos haber imaginado, y que la distancia y el mundo virtual nos obligaron incluso a cambiar prácticas que creíamos indispensables y no eran más que malas costumbres arraigadas, pilotos automáticos que encendíamos cada mañana sin pensar en si tenían o no alguna razón de ser.

También es cierto que la pandemia renovó la agenda, la ciencia se volvió un tema primordial y las audiencias se volcaron masivamente a los medios buscando información confiable y de calidad. Fue un año de gran periodismo.

Sin embargo, nos ha faltado algo esencial: la improvisación, lo inesperado, las conversaciones de pasillo, de cafés de mala muerte, las ideas que surgen al escuchar una palabra, una conversación, una discusión, la dialéctica, lo que nace del contacto.

Existe una palabra hermosísima, y poco usada, para referirse al hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual: serendipia. La hemos perdido.  

Les pongo un ejemplo. 

El año pasado participé más que nunca en talleres y seminarios. Supongo que de alguna manera el coronavirus los facilitó. La logística de realizarlos usando plataformas tecnológicas es más sencilla que la de organizarlos in situ. No hay que viajar, reservar salones, hoteles, pensar en comidas, en seguros. 

Pero qué sucede cuando la sesión termina y apagamos la cámara y el micrófono. Nos quedamos solos. No hay charlas posteriores ni copas ni fiestas. La creación de vínculos sufre. Y con ello el periodismo.

Porque las redacciones y los eventos no son solo un lugar de trabajo, son sobre todo un sitio de intercambio, de diversidad y enriquecimiento, el espacio en que nuestros pensamientos se alimentan de las visiones de otros, en que lo que reporteamos es puesto a prueba y la cooperación mejora una idea inicial, un título, un guion de video. 

Lo demás son burbujas.

Pienso en la alegoría de la caverna de Platón. De alguna manera, el coronavirus nos ha puesto a todos en la posición de los prisioneros que ven las sombras en la pared de la cueva y creen que esa es la única realidad.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con la metáfora platónica, todos sabemos que hay otro mundo y que para verlo y comunicarlo hay que darse la vuelta y enfrentarse al sol. 

Puede que encerrados en nuestras casas y limitados a reuniones por zoom podamos producir buen contenido. Pero sin duda somos un equipo más pobre. 

Seguramente, el futuro será híbrido, y es genial que así sea. Una mezcla entre el trabajo remoto y el presencial puede llegar a ser ideal. Yo solo espero que por el bien de la pluralidad el porcentaje de tiempo que pasemos en la redacción sea mayor que el de la comunicación virtual. 

*** 

Mientras escribo esto, Londres –la ciudad en la que vivo hace más de 20 años– pasa por el período de contagio de coronavirus más alto desde el comienzo de la pandemia.

Los británicos son profesionales en mantener la calma, tanto que han hecho del Keep Calm una frase publicitaria.

Durante la primera cuarentena, decretada en marzo, llegué a pensar que como son un pueblo menos inclinado por naturaleza que los latinoamericanos a la euforia táctil les era más fácil cumplir con las normas del distanciamiento social. Ya no estoy tan segura de que sea así.

A finales de diciembre, una amiga inglesa a la que no veía hace años vino a dejarme a casa una tarjeta de navidad, una costumbre muy arraigada en estas tierras.

Hablando a dos metros de distancia y con mascarilla, me contó que estaba harta y me tiró esta frase que me hizo reír: “Lo que más quiero el próximo año es hacer una fiesta con mucha gente y que haya sexo, alcohol, drogas, rock and roll y… ¡guacamole!”. 

Bienvenido 2021. Sé gentil, anda.

¡Y que regrese la serendipia, por favor!

 

Esta columna fue producida y editada por Cruz Amador