MI OTRX YO EN EL ESPEJO

Gabrielle Esteban relata lo que descubrió en su reflejo el día que decidió cortar su
cabello y completar su cambio de apariencia.
Por Gabriella Esteban

“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo,
aunque después te arrepientas, porque de todos
modos te vas a arrepentir toda la vida
si le contestas que no”
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez

  

Yo cerré los ojos. No quería ver, aunque estuviera sucediendo de manera casi irremediable, que esa mujer pasara su máquina una y otra vez, sobre lo que fue mi cabello. Ni siquiera me miré por última vez al espejo. No le conté a nadie lo que iba a hacer. No pregunté. No dudé. Dejé que todo pasara en un silencio inusual.

No era la locura de la semana. Lo había pensando por más de tres años. Debatiendo, sobre cómo me podía ver, y también sobre qué me podrían decir por cómo me veía. Pero al fin había llegado el argumento que me convenciera: me había visto vestido de «hombre», había actuado como uno y me había sentido bien. Lo había gozado. Así que luego de tomar valentía, salí de mi apartamento un domingo en la mañana a buscar el lugar perfecto para ejecutar mi voluntad.

Entré. Era una peluquería de barrio, sin muchas pretensiones. La mujer que me atendió,

cuando le dije que quería pasarme la cuchilla cero, me miró de arriba abajo y me sentó, casi con rencor, en su silla de barbería vieja y fue alistando todo. Acarició mi cabello, me dijo que olía bien y me clavó la puñalada:

       ¿Segura que no se va a arrepentir?

Yo le dije que no, mientras temblaba.

Tapé mi ojos con mis manos, cuando realmente lo que quería era tapar mis oídos. O más bien, silenciar mis recuerdos y mis pensamientos. Seguía convenciéndome, diciéndome que «si no era ahora, no sería nunca». Pensando que a mi familia no le iba a gustar, pero que después de todo a la única persona que esperaba que le gustara, o que finalmente podría terminar resignándose mientras volvía a crecer, era Catalina. 

«El amor todo lo puede», pensé… todo pasará.

La máquina sonaba. La peluquera a veces me lastimaba. Le echaba la culpa a unas cuchillas viejas y mal cuidadas, que sonaban como un zancudo gigante, pero yo sentía que era su manera de castigarme. Refunfuñaba:

«El mundo está al revés. Los que tienen, no lo quieren, y los que quieren, no lo consiguen. Así está usted. Quitándose lo que otros envidian». 

Mi mami se me clavó en la mente, como una corona de espinas. ¿Qué diría? ¿Se enojaría? Pues claro que se iba a enojar, pero ¿qué más podía hacer? No era una decisión fácil. Lo había deseado tanto tiempo… y sin embargo ahí, con la máquina zumbando, sin poder y sin querer echarme para atrás, era una decisión que sabía iba a pesar. Pero era mía, la primera mía y de nadie más.

«Menos mal tiene una cara presentable, si no ni la voltiaban ni a mirar». 

Con su lenguaje tan coloquial, la peluquera cada vez que podía buscaba la frase certera

que me «ayudara» a «entrar en razón». Yo solo deseaba que se callara. Con mis pensamientos era más que suficiente. Trataba de deshacerme de la culpa, que igual sabía todxs me querrían hacer sentir.

Como si estuviera a punto de morir, repasé muchos momentos de mi vida.

Es que «así» no son las mujercitas-, me dijo un día mi papá, muy molesto porque jugaba fútbol con mis tíos y les apostaba en 21, y casi siempre les ganaba. En esa

peluquería, sabía que ahora él sería quién no me iba ni a “voltiar” a mirar.

Sí, es que jugar fútbol fue lo primero que me gustó hacer. En la escuelita donde estudié siempre felicitaban mi buen desempeño académico. Fue por eso también que pude empezar a jugar. Mis compañeros usaron una estrategia:

¡Listo! –decía Oscar, con tan solo 7 años de edad– Puede jugar, pero nos hace a todos la tarea de matemáticas.

Yo, que solo quería ser aceptada, llegaba más temprano a la escuela y, uno a uno, iba resolviendo los problemas de matemáticas antes de que llegara la profe. Así durante unos meses. Y mi mami solo se iba sorprendiendo de que llegara con las medias blancas percudidas en interminables anillos de suciedad y con las piernas llenas de hematomas.

¡Es que es una niña!– decían los niños de cursos más grandes, pero Alexander, mi mejor amigo, gritaba muy orgulloso: –¡Espere a verla jugar!–, y se reía, –¡Además no llora!-. Eso fue lo más difícil, aprender a no llorar, porque me sacaban del equipo.

La profe Fanny, luego la profe Gloria, aunque reconocían que era una estudiante sobresaliente, en mi boletín de calificaciones comenzaron a anotar observaciones acerca de mi «disciplina»:

«Es muy indisciplinada, solo quiere jugar fútbol, haciéndola un poco masculina. Se desempeña como líder, pero no lo enfoca en otras actividades. Puede ser una etapa, que pronto pasará. Hay que desarrollar su capacidad y gusto por escribir. Recomiendo que en vacaciones la inscriban en cursos de poesía y en actividades más femeninas».

Pensé en mi familia: Julieth, Ciro, David, Gina, Zulma y Mauricio, mis mamis, mis abuelxs, mis amigxs, el árbol de durazno en Villa de Leyva, en las calles de Bogotá, en mi casa, en mi papá. Mi papá. A él mi mami le echaba la culpa de que yo «fuera así»: así de «masculina», así de «brocha», así de…

«Fue culpa de su papá, por no haber estado con usted».

La frase lapidaria, que no sé por qué recordé en ese momento tan angustioso, que mi mami repitió como un mantra el día que le conté que tenía una relación con Cata, mi «amiga» de la iglesia.

¿Culpa de qué? Me pregunté. Era su forma de desahogarse, de decir que ella «trató» de hacer todo bien, de darme todo, «incluso lo único valioso que me podía dar, que era la educación». Mi papá era su chivo expiatorio y él, la verdad, no se ayudaba. Si yo mentía, si me escapaba de la casa, si peleaba, si hacía algo mal, era porque «me parecía a él»:

Castellanitos… Pedrita…

Ay, ya, mami… –siempre le decía para tratar de evitar una pelea.

¡Es que ni que fuera negada!

Mami… –decía luego de un hondo suspiro, para hacer notar mi exasperación-.

De verdad, lo único que le faltó fue un pedacito de tripa allá abajo, ¡no más!

¡Mi papá qué culpa iba a tener! Si yo estaba siendo dichosa con mi vida desde que andaba con Cata y mi papá nunca había hecho nada porque yo fuera feliz. ¡Pues obviamente él no tenía la «culpa» de nada de lo bueno de mi vida! No tenía la culpa de Catalina ni de mi corte de cabello. Y aunque me pareciera, era solo un hecho físico, biológico, pero no una esencia…

Ya terminé–, me dijo la peluquera, algo socarrona.

Tímidamente abrí los deditos para ver hacia el suelo. Cabello por todos lados. Me picaba el cuello; parecía un oso. La mujer se retiró, mientras yo quitaba mis manos del rostro y cuando al fin busqué mi mirada, la encontré asustada en el espejo e inmediatamente me eché para atrás.

– ¡Ay, jueputa, mi mami tenía razón! Quedé igualita a mi papá. 

Y la peluquería se llenó de la carcajada furiosa de su dueña.

 

Edición Adriana Rivera