SHANGHÁI, ESE HOGAR IMPOSIBLE: Una cuarentena en tres continentes

 

La patria es el lugar que está obligado a recibirte. Lucila y yo llegamos a esta definición precaria cuando fuimos repatriados a Argentina a principios de mayo. Por la pandemia no pudimos regresar en enero a China, donde vivimos, y tuvimos que hacer cuarentenas en tres continentes. Dimos dos veces la vuelta al mundo, aprendimos a vivir encerrados, nos casamos, vimos desde las ventanas cómo reaccionaban nueve ciudades ante la crisis sanitaria y volvimos a Shanghái, donde doy clases en una universidad y Lucila termina su doctorado. Hoy es el tercer día de cuarentena en un hotel chino. Volvimos, ¿volvimos a casa?

Una mujer cuelga en el tendedero del balcón de enfrente dos ambos blancos. Como los que usaba el personal sanitario que nos fumigó y testeó en el aeropuerto, como los de las azafatas en el vuelo de regreso y los que tenían puestos los guardias de migraciones. Están hechos de una tela sintética brillante, tienen capucha y se cierran con una cinta hermética. En otros balcones se ven zapatillas y mantas recién lavadas, un anciano que se estira, cajas apiladas y un nene que se esconde entre las macetas. Es el típico edificio de viviendas a las afueras de Shanghái. En Buenos Aires destacaría por su altura, pero aquí es una más de las torres de treinta o cuarenta pisos que se repiten una igual a la otra por kilómetros y kilómetros. Tanto concreto produce un efecto Lego: no parecen viviendas sino maquetas enormes, como hechas de cartón pintado.

Miro por la ventana porque no quiero ver la habitación, tres metros de ancho por cuatro de largo con el piso blanco, una cama matrimonial y otra individual, un televisor apoyado sobre el único escritorio y una silla para mí y Lucila. Desde hace cuatro años vivimos en Shanghái y ante distintas situaciones repetimos “esto es una tortura china”, pero el hotel parece un ejemplo exagerado. Nos faltan once días, me repito, y me concentro en pasar las próximas horas. Once días.

Suena el teléfono. Es la operadora que avisa que llegó el almuerzo. “Wănfàn dàole”, dice tan rápido que, aunque conozco cada una de las palabras, no las entiendo. La puerta que da al pasillo tiene una alarma. Ayer la dejé abierta un minuto más de lo esperado para que se airee la habitación y un pitido dio la alerta. El que repartía la comida me gritó envuelto en su traje y mascarilla. Apareció un guardia y a lo lejos preguntó qué pasaba. Yo negué con las dos manos y me encerré rápido.

Ahora abro, recojo la bandeja y cierro. Tres movimientos en cada una de las comidas. Siempre hay arroz: compota de arroz para el desayuno, arroz blanco con pollo y verduras en el almuerzo, arroz con lechuga hervida, pollo y ajo para la cena. A veces, el pollo cambia por carne, pero mantiene el sabor anisado y agrio de la pimienta de Sichuan. Nada que ver con el chop suey o los arrolladitos primavera que imagina Occidente. Combato los retorcijones tomando agua tibia. De a sorbos. Es lo primero que uno aprende en China: el agua caliente limpia el aceite y calma el estómago. A veces, también quema.

No me quejo. No quiero pedir otro rollo de papel higiénico o botellas de agua mineral y que me los traigan recién a la noche. No quiero discutir con nadie. Lo único que quiero es llegar a mi departamento y estar entre mis cosas. Hace diez meses vivo en el aire, en hoteles designados por gobiernos, en alquileres temporarios o en la casa de mis suegros.

Mi nuevo amigo en WeChat es la policía del distrito. Me escribe dos veces por día para que reporte nuestra temperatura. Una a la mañana y otra a la tarde. Tenemos una sola silla, pero nos dieron dos termómetros. Suelo sentirme abombado, sobre todo cuando me tengo que quedar en la cama, porque a Lucila le toca la silla y el escritorio. Compruebo que estoy bien, por debajo de los 37 grados. El guardia me contesta con el gif de un Minion que hace ok con los dedos.

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La primera vez que sentí que mi normalidad se desvanecía fue durante el Festival de Primavera de Hong Kong. El año de la rata empezó sin petardos ni danzas del dragón ni fuegos artificiales. Habíamos llegado a la isla ese mediodía y nada indicaba que fuera el año nuevo. Solo un par de motoqueros llevaban arbolitos de mandarina para la buena suerte.

La rata en el horóscopo chino significa el comienzo del ciclo de doce años. Se dice que el Emperador de Jade ordenó una carrera entre los animales del zodíaco y el roedor llegó primero porque se subió al lomo del buey y saltó en la meta. Bicho astuto. Como soy rata, ya había indagado en los pronósticos del 2020 y se venía un cambio radical. Imaginé distintos escenarios, pero ninguno se acercaba a lo que vendría.

El 31 de diciembre habíamos cerrado nuestro departamento en la calle Guofu —literalmente, “el país de la abundancia”— para ir a pasar unas semanas a las playas de Filipinas. Cargábamos dos bolsitos de siete kilos con tres mudas de ropa, una toalla de microfibra (sí, esas que no absorben) y unas antiparras. El plan era regresar a finales de enero a China para el Festival de Primavera y recorrer el sur del país. El día que el presidente Xi Jinping declaró la alerta nacional nosotros aterrizamos en Shenzhen. 

Un aviso de mi universidad hizo que cambiáramos de planes: nos impedían la vuelta a Shanghái. Cancelamos los pasajes de tren y nuestro primer reflejo fue cruzar a Hong Kong, el bastión de la extranjería en el Lejano Oriente, para esperar las próximas noticias. Nos colgamos las mochilitas low cost, guardamos unos barbijos y subimos al tren. El paso de Louhu, uno de los puestos fronterizos más transitados del planeta, estába prácticamente deshabitado. 

Había que ser cuidadosos con los tapabocas porque estaban agotados en toda la isla. Dos días después de nuestra llegada la calle se había uniformado: barbijos blancos, celestes, negros, rosados. Una ciudad de asistentes hospitalarios. El gobierno de Hong Kong había cancelado los fuegos artificiales, los festejos públicos y las danzas del dragón por el brote de coronavirus, pero las cafeterías, los restoranes y los locales de ropa seguían abiertos. Entre las pescaderías al aire libre y las boticas de medicina tradicional, las familias enguantadas se acercaban a los altares de los ancestros. Pedían abundancia para el próximo año.

Los días en Hong Kong fueron ciclotímicos. Pasábamos sin escala de la risa a la preocupación extrema, tomábamos el tranvía intentando no tocar los pasamanos, pero a veces me distraía y me comía las uñas. Teníamos cierta excitación por la emoción de vivir algo excepcional y contarlo de primera mano. Salvador dio entrevistas, contestó los mensajes de productores que buscaban “un argentino en China que pudiera contar qué estaba sucediendo”. Su nombre salió en los videograph de los noticieros.

Pero nuestro presupuesto no alcanzaba para seguir esperando en Hong Kong. Desde mi universidad ya habían avisado que no podría volver hasta mediados de febrero. Improvisamos unas vacaciones en Laos: Luang Prabang, Vang Vieng y Vientián en nueve días. La decisión nos pareció lógica, era el único país sin reporte de casos en la zona. Y no lo conocíamos.

Aterrizamos en Luang Prabang con nuestro vuelo de regreso a Shanghái cancelado. Fue la primera alarma: esto podía durar más de lo esperado. Cada vez menos aerolíneas se arriesgaban a volar a China. El turismo forzado se asemejaba a la intemperie, a la falta de cobijo. Igual, cumplimos con todos los ritos: alquilamos motos, visitamos cascadas, templos y palacios, comimos en los mercados, fuimos a ciudades poco concurridas. Sin fotos, sin cervezas, sin ganas.

De a poco el mundo se iba paralizando, pero parecía que nadie estaba dispuesto a responsabilizarse por ello. Los compromisos urgían, los deadlines llegaban, los mails laborales debían ser contestados, las clases se acercaban. Asumir que no volvíamos a Shanghái costó pesadillas y algún que otro llanto. Soñaba que abría los paquetes de Taobao, que las arañas invadían la casa, que nos robaban. Salvador, que perdía el trabajo.

Sin un lugar al que volver, decidimos ir a Madrid, donde teníamos familia. Ilusos, seguíamos creyendo que era cuestión de dos semanas y no convenía volver a Buenos Aires.

La escala en el aeropuerto de Helsinki nos impactó por su normalidad. De repente, la temperatura no le interesaba a nadie y nuestras bocas tapadas llamaban la atención. El mundo parecía dividirse en dos, al estilo de la Guerra Fría, y nosotros habíamos cruzado el telón de acero. Mientras el virus quedara en el bloque oriental, no había de qué temer. ¿China? China quedaba lejos.

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En chino, el caracter de casa o jiā se dibuja como un techo y un chancho. Cubre las necesidades básicas: refugio y alimento. La misma palabra se usa para llamar de las personas en una reunión, para hablar de una escuela de pensamiento, para nombrar a tu país de origen. Nunca pensé tanto en la casa como en los meses que vivimos encerrados en Madrid.

Tres semanas después de aterrizar en España y con un segundo pasaje de vuelta cancelado, la pandemia nos alcanzó en un alquiler temporario. Mientras comprábamos pantalones y pulóveres para el invierno y mirábamos con odio la ropa de playa, empecé a dar clases online y Lucila siguió con la tesis. Día a día revisábamos las noticias y discutíamos los rumores que nos llegaban sobre China, pero el peor anuncio vino a finales de marzo y con estampa oficial. El gobierno había puesto en suspenso las visas y permisos de residencia para quienes estaban afuera del país. Ya no importaban los alquileres, los contratos bilingües estampillados y firmados, los sellos en el pasaporte, ni los reportes diarios que debíamos rellenar avisando a nuestros empleadores donde estábamos y si teníamos síntomas. Si eras extranjero y estabas fuera, debías quedarte afuera.

“En Shanghái uno siempre está de paso”, se repite entre los extranjeros. A los amigos los mudan de filial, se les termina la beca o directamente no aguantan más y se van. China no es un país de inmigrantes, al menos no en el mismo sentido que le damos en Occidente. Internamente los chinos migran, pero hay pocos extranjeros que no experimenten cierta excepcionalidad cuando se levantan y ven sopas, pollo o pescado para el desayuno. Sentirse único y que la sorpresa no se vaya atenta contra el acostumbramiento. Son los efectos de lo que llamamos el síndrome de Marco Polo: la sensación de hacerlo todo por primera vez. Y eso atenta contra costumbre y la rutina.

Lo cierto es que nunca había pensado en Shanghái como mi hogar, hasta que las oficinas de asuntos internacionales pidió que no volviésemos y más tarde se pusieron en suspenso nuestras visas. Nuestra casa se cerraba y todas nuestras cosas quedaban adentro. Ropa, plata, computadora, medicamentos, libros y hasta esa colección de fotos antiguas sin terminar; toda estabilidad, proyección y rutina se desintegraban. Nosotros nos repetíamos que era algo pasajero. En unas semanas estaríamos regando las plantas del balcón de nuevo.

Casi al mismo tiempo, Argentina cerró sus fronteras. Varados. Ese era el nombre que usaban los medios para hablar de nosotros. Ni inmigrantes, ni refugiados: varados. ¿Atrapados en tránsito hacia dónde? Sin país de origen o destino, pasábamos los días en un departamento que cumplía con todos los requisitos: estaba cerca de una línea de metro, llegabas al centro en veinte minutos y desde el balcón se veía el Palacio Real. Claro que en ese momento estos datos no tenían sentido.

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Los dos meses que estuvimos encerrados en Madrid podrían resumirse en un lunes que se repite hasta la eternidad. Un tiempo que transcurría entre las clases virtuales, la tesis y lavar los platos. “Nuda vida”, diría Giorgio Agamben. Trabajar, comer, trabajar, comer. Dormir. Mal. La televisión prendida y sin sonido pasaba un loop constante de números, cifras, casos. Cada media hora miraba el celular, revisando las noticias, grupos de WeChat y otras redes a la búsqueda de una fórmula matemática que predijera la fecha en que esto acabaría.

El departamento temporario, ese espacio para estar en tránsito, se transformó en nuestro hogar. Sin contexto ni historia, sin cuadros ni fotos que ordenar, vivimos encerrados entre paredes recién pintadas, con cortinas de IKEA, un sillón de símil cuero frente al televisor, una mesa con cuatro sillas y la cama matrimonial. El eslogan #quedateencasa nos parecía un chiste de mal gusto. A nosotros el aislamiento nos había dejado a la deriva.

El aplauso de las ocho se transformó en nuestra cita con la ciudad. Salíamos al balconcito por los trabajadores de la salud, pero también para adivinar los perfiles de los vecinos. A través de sus sombras, gestos o movimientos inventábamos historias, edades, ocupaciones, idearios políticos. La señora que hacía dos lavados diarios me daba material. Vivía sola, a pesar de las decenas de toallas, manteles y sábanas que colgaba en la ventana. Un día apareció un hombre y se quedó. Sospeché que era su hijo, ¿o era el novio?

Podíamos estar en cualquier ciudad del mundo, manteniendo la cuarentena como la mitad de la humanidad. Pero no, al final estábamos en Madrid y la comida se transformó en nuestra única conexión con España. Las excursiones al supermercado Día, que estaba a la vuelta, se volvieron una forma de turismo: tortilla de patata, pimentón de la Vera, vino de La Rioja, queso manchego. Cocinábamos platos locales. Ninguno de los dos se quiso perder la visita al Carrefour que quedaba a diez calles. Por primera vez, vimos el barrio y a lo lejos el Palacio Real.

Le dimos vía libre a los pedidos online y en tres semanas ya teníamos una biblioteca pequeña, pero bien provista. Literatura nómade y sedentaria, estudios sobre China y sus vecinos, podrían haber sido las secciones. Llegué a pensar que una casa es el lugar donde se guardan libros. Mientras leía un ensayo sobre los primeros embajadores asiáticos en Europa, recibí un llamado. Una voz porteña anunciaba que estábamos en la lista de los próximos repatriados. 

La llegada al aeropuerto de Barajas nos pareció la visita a un templo clausurado. Un lugar sin motivo ni uso. En el camino evitamos tocar los manubrios, las vallas y los asientos como si la realidad se hubiera vuelto pegajosa. Nos tomaron tres veces la temperatura, firmamos declaraciones juradas, detallamos nuestras condiciones de aislamiento y un médico estampilló un formulario que debíamos mostrar en destino. Miré con insistencia el cordón de mi mochila que sin querer había arrastrado por el vagón de un subte vacío. El suéter de Salvador no había tenido suerte, se le cayó en la vereda cuando salimos del departamento y lo tiramos a la basura.

La palabra hotel confunde. Transmite una idea de placer que no se relacionaba con lo que estabamos viviendo. “Aprovechen para descansar”, decían familiares y amigos, pero no sabía de qué podía descansar cuando mi situación era la misma solo que en un ambiente distinto. Habíamos aterrizado en una Buenos Aires en cuarentena y desde Ezeiza nos habían llevado hasta un hotel en Retiro. Por la ventana se podía ver la punta del edificio Kavanagh, que me daba una mezcla de felicidad, nostalgia y nervios. Todo era reconocible, hasta el olor de la lluvia, y eso me tranquilizaba y me ponía mal. No eran las fechas en las que solía venir a Buenos Aires. No debía estar viendo el otoño porteño.

“Bienvenidos a casa”, habían dicho las azafatas al aterrizar. Y sí, había llegado, aunque no fuese exactamente mi hogar. “Patria, repatriada”, me repetía. Algunos conceptos que se decían caducos volvieron a ganar fuerza: fronteras, ciudadanías, Estados. ¿Cómo explicar esta sensación de estar cómoda y angustiada a la vez? 

Bajamos del avión y, después de un operativo sanitario, con médicos vestidos de astronautas, transportes especiales y un legislador que derrochaba amabilidad como si estuviera en campaña, nos rociaron con alcohol y nos dieron la llave de la habitación. Estábamos agradecidos: era una habitación hermosa, amplia y luminosa, en un barrio exclusivo. Pero nada se sentía como debería. Tomar aviones, visitar capitales, dormir en hoteles con estrellas; los “hitos del viaje” se habían vuelto parte de una tortura. Mi cuerpo, obligado a trasladarse, solo pedía reposo.

Los días pasaron igual que en España. Trabajamos, tomamos cursos, trabajamos, dimos cursos y trabajamos, solo que esta vez mis viejos nos dejaron una valija con alfajores, sanguchitos de miga, yerba, el kit del mate y una crema de árnica que mandaba mi tía. Desde el piso once, los vi. Hablamos por teléfono, mientras movíamos los brazos como marcando: “Acá estoy, acá estoy”. El encuentro mediado por la tecnología era lo habitual, pero al menos, ahí estaban sus cuerpos a lo lejos. No llegaba a verles las caras, pero me sabía de memoria sus gestos. Colgué y abrimos el botín que nos habían dejado.

Una semana después vinieron a hisoparnos. Salvador se puso pantalón y camisa. Sentía que era un momento especial. Nos dieron la opción de marcharnos, pero decidimos esperar los resultados. Antes de ir a la casa de mis papás, queríamos estar seguros de no tener nada. Los días siguientes fueron los más largos de toda la cuarentena. Pasamos horas al lado del teléfono esperando que nos avisaran que ya podíamos salir.

Mi viejo nos esperaba en la puerta. Quiso filmar el momento de la liberación para el grupo de la “gran familia”, pero apretó mal un botón. Nos abrazamos y caminamos hasta el auto. El sol, el aire del otoño, la avenida ancha, me expandían el cuerpo. De repente, me sentía liviana y elástica. Hacía muchos meses que no caminaba más de cinco cuadras.

Elegimos el camino por la Avenida de Mayo, vimos la Casa Rosada, el Cabildo, el Congreso, el Molino, Once, Las Violetas y Acoyte como si fuera un bus turístico que terminaba en mi cuarto de la adolescencia. Por varios meses, ese trayecto fue mi única imagen de Buenos Aires. 

Estuvimos cinco meses en la ciudad y cada semana era como la escena de una película muda en la que se exageraban las caras y se multiplicaban las acciones. Me casé, falleció mi abuela, mi prima fue madre. Los sucesos iban perdiendo su peso y sus significados, como si lo que vivía fuera la copia de un original perdido.

Empecé a olvidarme de Shanghái. ¿Yo vivía en China? Me parecía una excentricidad. Conseguí el contacto de nuestra conserje en Shanghái y le pedí fotos de nuestro departamento, de nuestras plantas. Las miraba con la sensación de ver un mundo perdido, de algo vedado ¿Volvería alguna vez?

Un día Salvador recibió un mail de su trabajo y decidimos casarnos cuanto antes. 

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Al mirar por la ventana del hotel chino, percibo una normalidad que no veía desde el año pasado: gente que corre, motos eléctricas yendo y viniendo, pocos barbijos. Tenemos una sola toalla para los días de cuarentena que nos faltan. Desidia o venganza, hubo que discutir para compartir la habitación. Cuando hicimos el check in, nos entregaron dos llaves y nos dijeron que teníamos que pasar los 14 días separados. Había escuchado de familias y parejas divididas por el staff de los hoteles, pero a ninguno de mis conocidos le había sucedido. Gritamos, pataleamos, nos aferramos el uno al otro y cada uno agarró su equipaje, hasta que el personal nos hizo firmar un documento. Éramos responsables si había contagio cruzado. No importaba, al final, era nuestra luna de miel.

 

Edición: Francisco Uranga